Darse cuenta
Últimamente me he hecho consciente de lo mucho que escucho música. En un punto dado, me sorprendió cuántas canciones y estilos quería compartir; que me apetecía y me llenaba la idea de tener una conversación de explorar, comentar y compartir. Lo hacía pq quería ser el tipo de persona guay que sabe recomendar música… pero el caso es que me acostumbré a ello pq, la mitad del tiempo, escucho música para tapar mis pensamientos o para aislarme de mi entorno. Es algo que tengo más que observado.
Apenas estoy empezando a entenderlo y a verlo, pero noto cómo la emoción detona el pensamiento a veces. Empiezo a ver que no es tanto que mis habilidades sean “x”, o que el trabajo “y” no sea el adecuado. La presión que me meto yo misma, la gestión nefasta, invisible de mis emociones, entre otras cosas, son lo que hacen que no sepa gestionar mi vida. Tal vez esté “descubriendo la rueda” ahora, pero “mi problema” soy yo es mi mente. El problema es que soy muy sensible y no sé gestionarlo. Evitación, negación, sabotaje… tienen muchas formas y colores y viven sobre todo en mi cabeza. Con los demás soy medianamente trasparente, aunque no sea un angelito. No me gusta admitirlo, pero también he obviado información por evitar ser juzgada… o que sencillamente me señalen lo que sé que no debería haber hecho o hacer en un futuro. Empiezo a reconocerme en la soberbia, que tanto veo en mi familia. También me reconozco en ese bienestar y calma que por lo visto transmito a los que quiero ¡Esa misma calma que quiero yo para mí sí la transmito a otros!! El problema no está en falta de capacidad, está en saber gestionarme…
Si escojo ser la persona que aporta cariño, calma, bondad, también es de recibo que sea así conmigo misma. Lo gracioso es que me reconozco también en ese patrón tan dañino de mi madre: blanco o negro. No ficha; nada vale. “Si puedo hacerlo mejor, es que no lo hago bien”, por un lado. Evitación, por el otro. Quiero reconciliar a las dos partes de mí. Quiero no huir más, aunque que me dé mucho miedo y llore, y patalee como un niño pequeño. (…) Quiero merecerme la n-ésima oportunidad y que las personas que me apoyan, tú en especial, no se cansen de mí. Porque sí, ahora mismo no pienso que me merezca otra oportunidad más. Viéndolo así, es injusto, pero, por favor, quiero otra oportunidad… y hacerlo bien esta vez. Quiero ponerme al día con las tareas. Quiero integrar lo que he aprendido lo que me has enseñado. Verdaderamente quiero ponerle fin a la terapia, pero no pq no entienda lo que implica, sino precisamente pq lo entiendo. Quiero hacer lo que corresponde y cerrar capítulos.
El caso es que digo eso pero luego no me siento. Eso es lo primero que debo cambiar. Hasta qué punto huyo del malestar y de lo poco que me gusta lo que veo cuando me siento a confrontarme es algo que me espanta en sí mismo. De nuevo, tengo esa sensación en los brazos… es como cansancio muscular, aunque no he hecho nada físico ahora mismo que lo cause.
(…)
He pensado que este ¿agotamiento? embotamiento, esta aversión que noto después del trabajo, es por el trabajo. Recuerdo pensar que no es el trabajo en sí, pq se parece al embotamiento de después de terapia. Es la demanda intelectual y emocional, sin duda, pero sobre todo es cómo respondo, cómo me gestiono yo con ello. Hasta el punto de darme cuenta de que uno de los motivos por lo que no me sentaba es pq lo asociaba al malestar. Que ese malestar tiene frustración, rabia, tristeza, pesar, desesperación, vergüenza, culpa… tiene de todo, menos bonito. Y esa asociación la he causado yo, cual profecía autocumplida, a base de no poner el esfuerzo necesario para hacer las cosas y que no se alarguen en el tiempo. Tanto en el trabajo, el máster, como en la terapia sucede. Me aturrullo, huyo de ello, se acumulan las tareas. Tal vez no las más inmediatas o tal vez no las tareas tal cual, como en el trabajo, sino mi “trabajo” emocional. Estoy en guerra conmigo misma constantemente y por eso siempre me faltan las energías ¡Porque no me faltan energías realmente! Es una sensación, una excusa, además de una coartada perfecta para cuando sí estoy agotada de la constante lucha que los demás apenas perciben en superficie. Por eso, pq lo que no se hace, queda por hacer, sigo donde estoy. Por eso después de años de terapia, sigo donde estoy: más adelante, pero mucho más atrás de donde me gustaría y podría haber estado. Esa es la realidad. He aprendido y estoy más equilibrada, pero sin duda ese equilibrio viene también del esfuerzo que ha hecho otro por mí. Por ayudarme. Y es normal apoyarse en otros, ojo, pero no puedo apoyarme eternamente, ni darlo por hecho. Esa persona es su propia persona; no soy yo. Yo necesito valerme por mí misma, también en lo emocional. No es suficiente con que salga del paso en la casa, en mi gestión financiera o laboral.
Ahora, más que nunca, me doy cuenta de muchas pequeñas cosas… que no son tan pequeñas. De cuándo mando un mensaje por no sentirme sola y de cuándo lo hago por interés genuino en el otro. De que a veces hay una mezcla de ambas cosas. Empiezo a darme cuenta de mi estado interior y qué es lo que motiva mis acciones realmente. Empiezo a… querer plantearme las cosas que me da miedo responder. Como que con la pareja ideal sí querría tener hijos, y que fueran dos, pero que me aterroriza no tener al compañero adecuado o no ser una buena madre. Me aterroriza la idea de transmitir a mi prole la mitad de traumas que me han transmitido o generado mis padres (ambos). O darme cuenta de que incluso si en determinadas circunstancias los tendría, probablemente esa no sea mi vida. Me parece injusto, muy injusto, que la vida de un buen académico deba pasar por ser nómada unos años, pero me estoy planteando seriamente coger esa ruta después del doctorado.
Aun no me he reconciliado con la idea de que no hay tiempo material para todo, incluso cuando se gestiona bien. Mi madre me ha dicho muchas cosas que tenían sentido, cuando no me machacaba con sus cosas, y una de ellas era esa enseñanza: hay que priorizar; debes escoger. Ella no hizo las reglas del juego, sólo me las transmitía. Creo que le debo una disculpa por no valorar lo suficiente lo que sí ha hecho bien. Vivir bajo la presión que ella tenía y siendo una incomprendida no debe ser nada fácil, además de doloroso.
Además… tantas cosas. A veces pienso que no tendré pareja de nuevo, pero porque no habrá un candidato que cumpla con lo que busco y cuyas circunstancias puedan casar con las mías suficientemente, buscando ese punto común y con concesiones. A veces pienso eso porque… no sé, perdí el hilo. Me gustaría tener pareja, pero puede que me acostumbre tanto a mi mundo interior y lo aprecie tanto en algún punto, que me dolería demasiado que al mostrárselo a otro, no lo apreciara en igual medida, o en la medida adecuada. En el fondo tengo miedo de que incluso con mi mundo interno cuidado y arreglado, cosa que ahora no está, no sea suficiente o no tenga la suerte de encontrar a alguien que lo aprecie (¡somo tantos en el mundo!). Me dolería tanto que alguien rechazase sinceramente mi ser más íntimo una vez lo muestre… O saber que nunca lo van a entender del todo, como yo no voy a entender nunca del todo a los demás.
“La soledad del que crece”, me viene en mente. Eso también tendrá que ver. Mientras tanto, si yo no tengo hijos, lo que sí espero es ayudar y enseñar a otros. Que mi paso por este mundo no sea tan vacío y apesadumbrado como me siento yo tantas veces en el fondo. Por lo menos, devolver todo lo que se ha invertido en mí. Eso estaría bien. Seguir aprendiendo, seguir dándome cuenta de cosas que antes no veía y transmitirlo a otros para que también vivan mejor.
[16:45, 18.08.2023]



![niccillustrates:
“There’s something about the sun on the sea
[niccillustrates]
”](https://64.media.tumblr.com/dd475b857a2bce4fbca19143e99cb4e0/8bb2de76204d7bfa-60/s500x750/aeea8a87a79eca4b3fe789112069950e6627e1fd.png)








